Mi parque, nuestro parque: el parque

A moran
Fotografía: Jesús Machuca

La verja verde de entrada resultaba imponente, parecía de otro tiempo, evocaba a ese siglo XVIII que la vio nacer. Allí estaba en uno de los lugares más hermosos de Cádiz, el Parque Genovés, ese jardín botánico que debe su nombre al jardinero valenciano que remodeló el por entonces llamado Paseo de las Delicias.

Esa puerta de entrada estaba flanqueada por dos puestecillos ambulantes, el de José y el de Alfonso, donde los chiquillos comprábamos chucherías ansiosos por disfrutar de una mañana o una tarde en su recinto.

Dentro nos esperaba un camino de tierra amarilla adornado por cipreses podados con diferentes formas, entre los que se encontraban las fuentes de piedra sobre el césped. En sus bancos se sentaban madres y abuelas con sus niños al sol, señores con transistor para escuchar el partido de fútbol, con el gigantesco Diario de Cádiz de la época o gente que leía cerca del monumento de mármol en forma de biblioteca llena de libros que desaparecerían con el tiempo.

Al final del paseo estaba el bar, con sus camareros ataviados de blanco, y sus mesas dispuestas en ángulo, justo al lado de la entrada lateral; y, al fondo, corríamos hasta llegar a los columpios por el umbrío camino de árboles que alojaban camadas de gatitos. Allí teníamos todo lo que un niño en esos años, deseaba para disfrutar, un castillo gigante de colores, balancines, una corona para escalar, un tobogán y un drago  vigilándonos.

Los más pequeños optaban por otro camino, a la derecha del bar giraban y corrían para ver los patos en la cascada coronada por un puente desde el que divisabas el inmenso mar de mi tierra. Antes de llegar a la cascada, estaba la jaula grande de palomas y pavos reales, justo detrás de la pequeña placita de Santa Rosa de Lima, patrona de los jardineros. Muchas veces, los pavos reales solían caminar entre los paseantes luciendo orgullosos sus maravillosas plumas, y, de repente oíamos  los gritos emitidos por los monos hambrientos que permanecieron encarcelados en jaulas durante años. Justo a su lado estaba la biblioteca infantil, donde tantas horas disfruté de la lectura, y encontré por primera vez una biografía de mi adorada Marie Curie. A la salida, estaba la señora con su platito para la propina si usabas el servicio.

He pasado muchas tardes jugando en ese parque, El Parque para los gaditanos, porque no había en la ciudad ninguno como él. He corrido y saltado en los columpios, he dado de comer a los patos, me he emocionado cada vez que me acercaba a la fuente de los niños llorones,  me he sentido triste por contemplar cómo se divertían al ver a los monos encerrados, me he muerto de miedo cuando tenía que pasar cerca del margen derecho de la entrada principal, ese sitio oscuro me desasosegaba, he subido al escenario abandonado de lo que un día fue el Cortijo de los Rosales para sentirme cantante por un momento, he seguido a Jesús Caído atravesar el parque para llegar a su templo, he disfrutado viendo salir a las cabalgatas y he notado una y mil veces el olor a humedad, orines o zotal del interior de la gruta de la cascada, otro lugar que me provocaba terror.

Las mañanas de domingo, el parque parecía una feria, todas las familias con niños acudían a ese mágico lugar y la visita acababa con el fantita en el bar.

He dejado gran parte de mi infancia y la de mi hija en tan bendito lugar, justo al lado de mi querido barrio del Mentidero. He vivido muchas noches bajo el cielo estrellado en su teatro de verano, cuya estructura metálica se atribuye a Eiffel (luego trasladada al Mercado de la Merced, hoy Centro de Arte Flamenco).

Mi parque, nuestro parque, ese lugar común para los gaditanos, ya no es el mismo, y mucho me temo que jamás lo será.

Ya no hay domingos de peregrinación infantil, ya no nos detenemos a los pies de Félix Rodríguez de la Fuente, ya ni siquiera los columpios son los mismos bajo la balconada del Hotel Atlántico.

El parque languidece con sus plantas y flores exóticas que adolecen de los cuidados de antaño. Sus jardines y lugares emblemáticos no evocan la majestuosidad del pasado, su cascada se ha quedado aislada como un decorado de parque temático. Ya no está la biblioteca, afortunadamente no hay monos encerrados y el teatro es un esqueleto, un amasijo de hierros con ansias de nuevo recinto veraniego que nunca se terminó.

Todo el muro del lateral derecho ha desaparecido para dejar sitio a una construcción megalómana, mastodóntica y terrible en lo que un día fue el Paseo de Santa Bárbara. Ese horror a la vista desde tierra y desde el mar, ha costado una cifra de dinero escandalosa, procedente de Europa, y, que se podía haber empleado en algo positivo, consultando con las personas de la ciudad, pero nuestra opinión no ha importado y han destruido hermosos recuerdos de mi infancia, de nuestras infancias.

Afortunadamente, ni José, ni Alfonso ni la señora de los baños podrán verlo porque ellos se fueron con la esencia de aquel espacio único e irrepetible.

Mi casa de vecinos

Ana moran
Fotografía: José Montero

A veces cierro los ojos, y me veo en un lugar y en un tiempo irrepetibles.

Siento las caricias de las sábanas blancas mecidas por el viento. Corro y me detengo a contemplar al gato negro mientras Teresa, con sus manos como cuencos, vierte agua a su ropa al soleo. Me subo a los pretiles y veo a mi madre, incansable, lavando en el lebrillo.

Es sábado, el aroma del puchero inunda todas las casas y el sonido de las voces de las vecinas se entremezcla con la radio a todo volumen de Juan, el de la masetilla del segundo.

Son las tres. A comer, que al caldo, la pringá y las acedías le seguirá la peli de “comboys”. Conchita y María no ven la tele, se sientan al divino sol de invierno en la azotea, cosiendo, haciendo punto, charlando con su transistor de piel marrón al fondo, aunque hoy no radian la novela.

Yo bajo a la casapuerta con Inmita a ver quién gana más cromos. Dibujamos con tiza justo en la entrada y saltamos a la china, o, bajamos los relucientes y pesados patines de los reyes y me caigo.

Más tarde seremos más niñas para jugar al elástico y a la cuerda y volveré a besar el suelo.

Los niños han terminado con los tapones y  las bolas y ya tienen dispuesto su balón de reglamento para jugar al fútbol. Mi hermano, rubio como las candelas, lleva puesta la camiseta del Cádiz, también de los reyes y acaba embarcando la pelota.

Luego, todos juntos, corremos y nos sorteamos unos a otros: es la hora del contra y, como siempre, soy la primera en caer.

Correr y caer, ganar y perder… y crecer.

La adolescencia me conduce a la azotea alta que hay que pisar con cuidado cuando mis vecinos dan la “lechá” tras las primeras aguas del otoño. Subo lentamente, disfrutando de un mar de antenas entre torres miradores y majestuosos campanarios. Al fondo, la catedral. Allí me tumbo a oír música, a estudiar, a disfrutar de la lectura como nunca lo he vuelto a hacer en mi vida, a imaginar cómo seré cuando me haga  mayor, a averiguar cómo escapar si Agustina la del primero vuelve a prender fuego a su habitación en alguna noche oscura o a contemplar a lo  lejos al Elcano partiendo…

Las noches de verano, tumbada sobre mi cama, escucho la voz imponente de Rocío Jurado cantándome al oído porque el Teatro Pemán me la regala.

Las tardes de diciembre, en la cocina de María, enharino mis manos y aprendemos, entre todas, a hacer pestiños y roscos. En Semana Santa, cuando el patio huele a alcauciles con chícharos y habas, volvemos a su casa a hacer torrijas.

Echo de menos las peleas del Valiente, el olor a altramuces recién cocidos del José el cochero, el regreso veraniego de María la Casera desde Alemania, los ojos azules de las niñas de la Pura, diligente y generosa, la ropa moderna que me traía Antonio de Holanda, la voz impetuosa de Matilde, la ternura de Francisca, a Enrique el pintor y sus pajaritos al sol, las quejas de Rosario, los gritos, las risas, las cañas del país colocadas en fila desde el primero hasta la azotea, las lozas húmedas del patio, el miedo que me producía adentrarme en el patinillo, los escobazos y la gracia eterna  de María Medina, los aljibes con leyendas de galápagos en su interior, los zócalos verdes, las mañanas de encalado, y tantas y tantas cosas, y,  a tantas y tantas personas… Muchos ya no están, otros se mudaron. Ellos y ellas me enseñaron a compartir, a disfrutar de las cosas sencillas, a respetar, a defender y a defenderme…Tenían historias a sus espaldas con las que lidiaron para sobrevivir, y nosotros, los más jóvenes, empezábamos a vivir.

Mi casa de vecinos ya no existe, la derrumbaron hace 27 años, pero aún me quedan las anécdotas que me cuenta mi madre, y, mis benditos recuerdos.

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