Del #metoo al #yotecreo y viceversa

M melendez
Fotografía: Jesús Massó

En estos días hemos vivido una ola de solidaridad. La víctima de “La manada” lo merecía, lo necesitaba, más aún cuando durante el proceso hemos vuelto a vivir esos lamentables momentos en los que se intenta por todos los medios judicializarla a ella para exculparlos a ellos. El “es una guarra” y el “ella se lo ha buscado” rondan continuadamente sobre la veracidad de la acusación cuando ésta se produce por delitos relacionados con la libertad sexual, o mejor dicho, con la vulneración de ésta. Se tira de pasado, de presente y de futuro de la víctima para intentar hacer ver que quiso decir “sí” en vez de “no” o que éste no fue expresado con la rotundidad que debiera. La aceptación del informe de los detectives privados sobre la víctima pone de relieve que “el fin no justifica los medios” y que esto, aún, no ha sido entendido por quienes manejan los hilos de la justicia en todos sus aspectos.

La campaña en las redes sociales no se hizo esperar. A modo de consigna compartida con un #yotecreo, que hiciera incorporar en sala la indignación contra otro asunto judicial más en el que se vertían las mismas, ridículas y molestas consideraciones. Otro asunto más, constatando que el machismo está infiltrado en nuestra sociedad más allá del delito cometido. Esta vez, la defensa, en otra ocasión el juez, el fiscal o el periodista han sido los encargados de perpetuar lo que el sistema patriarcal quiere que perpetuemos: el miedo a ser libres.

Estos días los medios de comunicación recordaban otros casos en los que la víctima sufrió, por desvergüenza social incluida, un trato denigrante. Casos de acoso sexual en el trabajo como el de Nevenka Fernández pasaron a formar parte de los anales de la historia por el corporativismo que se forjó sobre el agresor. Muy pocos creyeron a Nevenka, muchos la tacharon de ambiciosa, para posicionarse asquerosamente con quien ostentaba el poder por aquel entonces. “Usted no era una empleada de Hipercor que tuviera que dejarse tocar el culo para asegurar el pan de sus hijos”, manifestó en sala el Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia de Castilla León, después de someter a un cruel y machista interrogatorio a Nevenka. Aquella frase fue un insulto para todas las mujeres. La constatación de que quienes tenían y tienen un papel tan importante en nuestro sistema judicial justificaban las agresiones sexuales continuadas sobre las mujeres, más si éstas carecían de medios económicos, puesto que entonces debían incluso soportarlos y aceptarlos sin más. Por ello, el fiscal fue apartado del caso, no sin antes sufrir el merecido escarnio público.

A nadie se le escapa que los medios de comunicación van siempre detrás de la noticia. Y de repente, como quien no quiere la cosa, son millones las situaciones que se vienen a contar. Constatando lo que desde hace cientos de años las mujeres vienes sufriendo.

Hace unos meses eran las actrices de Hollywood las que señalaban públicamente al productor Harvey Weinstein, al que algunos medios de comunicación han calificado como “depredador sexual”, un eufemismo alarmante. Viole, agreda o acose sexualmente a una, a dos o a cien mujeres, no se trata de un enfermo, se trata de un gilipollas que se vale de su posición de poder para hacer lo que le da la gana sobre ellas, sometiéndolas, amenazándolas con total impunidad y con el silencio cómplice de muchos y muchas. Pocas semanas después un caso similar se conocía, tras la denuncia por acoso sexual por parte de varias modelos sobre el fotógrafo Terry Richardson.

Lo cierto es que parece que las cosas están cambiando. De repente, las agresiones sexuales, el acoso sexual en el trabajo, las violaciones sobre nuestro cuerpo y nuestros derechos se han puesto en el centro del debate público. Y eso está bien. Pero el machismo es como un océano y cada gota cuenta. Y son muchas más las situaciones que deberían alarmarnos para poner en pie en pared de una vez por todas.

Los tocamientos, las insinuaciones, el acoso verbal y la desigualdad por razón de sexo están a la orden del día. Situaciones aceptadas por la sociedad con una facilidad pasmosa. Y que son banalizadas, incluso por la clase política, aún cuando todas hemos sufrido en nuestra corta o larga vida situaciones de éstas.

La campaña #metoo en la redes sociales vino a hacer una cadena necesaria en la que todas las mujeres pudiéramos contar nuestras experiencias. Se pretendía con ella alzar la voz para gritar que estamos hartas de que se nos acose verbalmente. Que la cosificación de la mujer es una realidad que inexorablemente hay que cambiar y que no valen excusas sobre esto. Que las mujeres tenemos derecho a ir por la calle solas, acompañadas o como nos de la gana sin tener que sentir un miedo atroz. Que estamos hasta las narices de ver como año tras año las estadísticas revelan que la máxima de “igual trabajo, igual salario” no se cumple con nosotras, y que nadie haga lo que tenga que hacer con esas empresas. Que ya está bien de que se nos intente convencer de que no estamos capacitadas para ejercer el poder porque ello supondría el sacrificio de nuestra maternidad. Que detrás de cada paso que damos, ellos intentan enfrentarnos porque ese paso puede mostrar su incompetencia, y que de ser así, quienes pierden son ellos, en género masculino. Que hay que respetar el principio de representación equilibrada entre mujeres y hombres y que éste no se trata sólo de una cuota, sino de que nosotras estemos en los puestos en los que se ejerce influencia, social u organizativamente hablando.

Participé en #metoo a través de mi muro de facebook. Y conté como un exjefe me dijo el día que supo que estaba embarazada, que a partir de ese momento sería una mujer plena. O como un compañero de partido, que en estos momentos ostenta una “alta responsabilidad”, me cuestionó por no dejar tiempo para cenar con mi marido cuando quise optar a la secretaría general del PSOE de Cádiz. Y es que el problema está en que en este país no está penado ser machista. Ahora bien, cuidado si se te ocurre públicamente llamar a algún hombre de este modo, en ese momento el honor de éstos, de los machistas, se torna inexpugnable.

Convencida estoy de que el cambio social está a punto de llegar y ése nos beneficia a todas y a todos. Así que sigamos, del #metoo al #yotecreo y viceversa, y con todas aquellas campañas que sean necesarias y denunciando todas aquellas situaciones que supongan la vulneración de los derechos de las mujeres.

Puro teatro

Marta melendez

Fotografía: Jesús Massó

Aprendí que en política es necesario combinar la inmediatez con la oportunidad. Que es fundamental determinar el momento exacto en el que realizar la crítica sin que se te ‘pase el arroz’ con la estrategia marcada de qué decir y hasta dónde llegar en tus afirmaciones. Marcar el primer golpe, prever la respuesta y acertar en la contrarréplica. Todo ello sin perder de vista el objetivo a conseguir: recuperar la confianza de la ciudadanía y con ello al electorado. Todo lo que hagas obviando estas premisas supone exponerte a parecer un pelele o un mamarracho. O también exponerte a que todo el mundo crea que lo tuyo es puro teatro.

De un tiempo a esta parte, este país ha sucumbido al fervor de las reprobaciones. Más aún desde que las mayorías absolutas han casi desaparecido. Supone un acto cargado de simbolismo pero sin efectividad práctica que permite desaprobar el comportamiento de alguien. Muy al contrario de la moción de censura o de la cuestión de confianza, no hay regulación alguna que determine ni cómo ha de ser planteada ni tramitada la reprobación. Ni cuáles son las consecuencias que comportan para el reprobado o reprobada. Así, en todas las ocasiones quien pasa por este escarnio público termina permaneciendo en su puesto por la confianza otorgada con anterioridad. Provenga de quien provenga ésta, que en principio no es sólo de quien lo propuso y lo nombró para su cargo público, sino también de quien permitió con su voto que este segundo tomara posesión del suyo. Así, y tomando el ejemplo de estas últimas semanas, David Navarro no sólo goza de la confianza del alcalde, sino también de quienes depositaron su voto en la urna –ciudadanía y grupo municipal socialista-. ¡Menuda paradoja! ¡Claro! No es lo mismo reprobar a un ministro que sólo ha gozado de la confianza del Presidente del Gobierno puesto que cuando se emitieron los votos en el Congreso de los Diputados sólo se conocía el nombre de quien ocuparía tan alto rango, que reprobar a un concejal o concejala, cuyo nombre aparecía en una lista electoral, que fue elegido o elegida por el voto de la ciudadanía y cuya designación se conocía con anterioridad a la votación para a la elección de la alcaldía. Me dirán ahora los detractores que en ese momento democrático, el del depósito de la papeleta en la urna para la elección de alcalde o alcaldesa, puede que se desconociera el área o delegación de la que se harán cargo cada uno de los que pueden conformar un gobierno municipal. Y tienen razón. Pero que más da, en ese momento, en la fecha y hora concreta en la que el grupo socialista dijo sí al alcalde –enseñando su voto de forma pública como lo hizo- se sabía quienes, con nombre y apellidos, conformarían el gobierno municipal. Se tenía pleno conocimiento de cómo eran las habas mal contadas.

Quien plantea una reprobación puede jugar con fuego. Más aún si se conocen los argumentos contrarios que van a aflorar. Y eso es lo que creo que le ha pasado al grupo municipal socialista. En primer lugar, porque si un área tan esencial como la económica está realmente tan mal gestionada –y créanme si les digo que es difícil pensar que esto pueda ser verdad teniendo el precedente y los datos del Partido Popular-, ¿cómo es posible que no se haya aceptado la moción de censura planteada en innumerables ocasiones por el PP? La mitad de los gaditanos se hacen esta pregunta. Piensan que es  de descerebrados permitir que la ciudad esté gobernada por una panda de panfleteros que no son capaces de poner orden y concierto en la joya de la corona: las finanzas. En segundo lugar, porque ni en una ocasión se planteó al anterior gobierno municipal la reprobación de ni uno de sus miembros. Sí, hubo muchas peticiones de dimisión, todas de palabra, hubo obras y omisiones para solicitarla por escrito y por doquier. No hace falta que relate particularmente los datos económicos del gobierno popular para sustentar este planteamiento. Ni siquiera hubo la valentía de pedirle a Teófila Martínez que se marchara cuando su nombre apareció en la lista de Barcenas con todo lo que ha llovido sobre ella. Oportunidad perdida, váyanse ustedes a saber por qué. Y, en tercer lugar, porque a quien se le debía plantear la reprobación en estos momentos es al PP, a todos y cada uno de los miembros que conformando el anterior gobierno municipal aún tienen la osadía de encabezar y formar parte de una lista electoral y, es más, la desvergüenza política de sentarse en la bancada del pleno de la Corporación después del menoscabo que con sus políticas han realizado a nuestra ciudad. Hacía ahí es donde debía haber sido dirigida la reprobación. Total, tratándose de un mero acto simbólico, qué mejor hecho que dejar por escrito que ahora que los votos afirmativos cuadran, jamás estuvimos conformes con lo que hicieron y con lo que estarían dispuestos a hacer de llegar nuevamente al gobierno municipal. Lo demás es teatro, puro teatro, que sigue dejando al grupo socialista en tierra de nadie.

Víctimas de la barbarie

Marta melendez

Fotografía: Jose Montero

Mi abuelo fue condenado a la pena de reclusión perpetua. Corrió mejor suerte que muchos de sus compañeros. Su delito fue practicar los servicios de su profesión a las órdenes del Comité del Frente Popular. Afortunadamente, la pena fue conmutada por cuatro años de prisión, los que pasó recluido en el Centro Penitenciario de El Dueso. En 1943 aún permanecía cumpliendo condena según consta en el libro Y Jimena se vistió de negro. Pasé toda mi infancia escuchando las “historias de la guerra” que mi abuela me contaba. Pero jamás oí a mi abuelo decir cómo fue su condena y aquellos años de represión. Su silencio, seguramente fue debido al tormento de saber que jamás podría pedir justicia, verdad y reparación.

Víctimas de la barbarie terrorista se cuentan por miles en nuestro país. Lo son las de ETA, GRAPO, Terra Illure o Resistencia Galega, organizaciones todas ellas de carácter terrorista. Lo son también las víctimas de los atentados del 11 M, a las que el terrorismo yihadista sesgó sus vidas de raíz. Y lo son, quienes fueron asesinados y represaliados por el régimen franquista durante cuarenta años bajo la fórmula del terrorismo de Estado.

Todas y cada una de ellas deberían ser tratadas por igual. Y deberían disponer de los medios de nuestro Estado Social y Democrático de Derechos para conocer quién, cómo y por qué. Pero en este camino de verdad y justicia se interpusieron los intereses del PP.

Me repugna la forma en la que la derecha de este país politiza cualquier circunstancia relacionada con ETA, como si el dolor y el sufrimiento de las víctimas de esta banda terrorista les pertenecieran. Ha sido, es y será un insulto para todos los demócratas el comportamiento de los dirigentes del PP, sobretodo porque en los tiempos en los que gobernaron no dieron ni un paso para terminar con la violencia ejercida por los etarras. Al PP siempre le importó más rentabilizar esos asesinatos que conseguir que la banda pusiera fin a su vil actividad. Aún recuerdo el día en el que ETA anunció el “cese definitivo de su actividad armada”. Aquel 20 de octubre de 2011, Rubalcaba ponía voz al gobierno de España anunciando que había ganado la democracia tras el comunicado efectuado por la banda terrorista. Y también recuerdo la cara de Rajoy, que en su calidad de candidato a la Presidencia del Gobierno leyó ante los medios un comunicado en nombre del PP en el que, entre otras cuestiones, se ponían “peros” al anuncio formulado por ETA. No podía ser de otro modo aquel acontecimiento ocurrió a un mes de las elecciones generales y al Partido Popular lo único que le importaba es cómo podría afectar esa nueva situación en el resultado electoral.

Me repugna más aún que los dirigentes del PP vengan a comprometer la estabilidad del Estado con iniciativas como las planteadas en estos días en torno al vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, con una campaña mediática para ¿rentabilizar? políticamente aquel suceso. Y aunque me repugne, no me extraña. No es la primera vez que el PP intenta sacar “provecho” de una víctima de ETA. En Cádiz ya lo hicieron con anterioridad en 2008. Sin pudor alguno modificaron el acuerdo plenario por el que Cádiz decidía dedicar una de las rotondas de la Avenida Juan Carlos I a las víctimas de ETA –a todas sin distinción alguna- y se “colaron” literalmente en la Comisión de Nomenclátor con los nombres de Ascensión García Ortiz y Alberto Jiménez Becerril, las dos víctimas a las que se les dedicaría la citada rotonda. Este hecho no sólo supuso saltarse a la torera el acuerdo unánime del pleno, sino también supuso un ejemplo patente de que para el PP los únicos que merecen el recuerdo y ser homenajeados son los “suyos”, “sus víctimas”. Aunque sean conscientes de que desgraciadamente víctimas de ETA las hay de todas las ideologías.

Y me da verdaderamente asco que en estas semanas el PP de Cádiz, bajo el paraguas de las víctimas de ETA, haya intentado desprestigiar las acciones que en estos últimos años se han llevado a cabo por el gobierno municipal en recuerdo de las víctimas franquistas. Así ha sido en las dos intervenciones públicas que ha hecho la ex alcaldesa. La primera en el pleno del Ayuntamiento en el que el PP reprochó al gobierno municipal la colocación de una placa en la casa consistorial en recuerdo del alcalde y concejales republicanos asesinados en 1936. Con la misma rabia con la que nos ha acostumbrado durante estos años, se atrevió la ex alcaldesa a decir que el gobierno de izquierdas sólo quería destacar a los que ellos quieren, señalando con su dedo acusador hacia el lugar en el que están nominados cada uno de ellos. ¡Vamos! Y la segunda, durante el minuto de silencio al concejal de Ermua llevado a cabo el miércoles 12 de julio en las puertas del Ayuntamiento. Allí Teófila Martínez afirmó que la actitud del alcalde se debía más a la doble moral y la doble manera de enfocar, distinguiendo sólo a quienes se quiere distinguir como ocurre con la memoria histórica. ¡Dios! Querrá decir la ex alcaldesa que se trata de un acto de la misma doble moral que la utilizada por el Partido Popular. ¿O es que acaso las víctimas franquistas no han sido las grandes olvidadas por este partido en sus gobiernos? El PP siempre se acordó de lo que se quiso acordar y tuvo memoria para lo que quiso, todo ello por la sospecha de quienes fueron los verdugos de tantos actos de tortura, represión y asesinatos cometidos durante la dictadura franquista. Los padres y abuelos de quienes hoy dirigen al Partido Popular. ¡Cuánto cinismo! Como el demostrado igualmente por Juanma Moreno, Presidente del PP en Andalucía, durante su intervención hace unas semanas en Cádiz en la que llegó a afirmar que las víctimas de ETA requieren “verdad, justicia y reparación”. Utilizó soezmente la consigna que identifica la lucha de las asociaciones por la recuperación de la memoria democrática de nuestro país. No, las víctimas de ETA, afortunadamente para ellas, nunca perdieron la esperanza en los instrumentos del Estado de Derecho: en la ley, la justicia y las fuerzas de seguridad. Porque el Estado se encargó de ponerlos a su servicio, como debía ser. Sin embargo, las víctimas franquistas llevan decenas de años mendigando la justicia que les corresponde, reclamando el derecho a saber la verdad de lo que ocurrió y pidiendo el reconocimiento de que fueron víctimas del terror impuesto por el propio Estado bajo la forma de la dictadura.

Ciertamente, para nosotros, para los de izquierdas, todas las víctimas son iguales provengan de donde provengan, militen donde militen, mueran como mueran. Sin embargo, para la derecha siempre hubo víctimas de primera, de segunda y de tercera, según su procedencia, religión e ideología. Y en último lugar, las que hay en las fosas comunes, que para el PP cuanto más enterradas estén, mejor.

Un nuevo tiempo

Marta melendez

Ilustración: pedripol

Pedro volvió y ganó. Este fin de semana constituirá su nueva ejecutiva. Y partir de ahí ¿qué? Durante la campaña de las primarias, los candidatos y la candidata pusieron sobre la mesa la generosidad como seña de identidad e invocaron un nuevo tiempo en el partido socialista.

Pedro ganó y convenció. Con un discurso encuadrado en la recuperación de la identidad de izquierdas, que ahora tendrá que demostrar. Con el único objetivo de recuperar a los votantes que dejaron de confiar en el partido socialista y se lanzaron a los brazos de Podemos.

Así que ahora Pedro manda y bien. Y tendrá que decidir, entre otras cuestiones, cuál es la futura política de alianzas que llevará a cabo el partido socialista. Indudablemente ésta tiene que pasar por mejorar nuestras relaciones con Podemos, puesto que sólo así –al menos de momento- podremos desbancar a la derecha de las instituciones o impedir su llegada a ellas.

Así que ahora le toca –en primera persona- dirigir este nuevo tiempo. De arriba abajo. Parece que prestando su confianza en aquellos y aquellas que han liderado su retorno en cada una de las agrupaciones del partido socialista. Visibilizando en ellos y ellas esa regeneración política y esa supuesta renovación en los liderazgos. Marcando el paso que inexorablemente conlleva contar con la militancia, alentado la participación y la libre expresión de la misma. En definitiva, marcándose el objetivo de mejorar la democracia interna y abrir la organización a la sociedad civil. Claro está que Pedro tendrá que saber que entre sus filas se aprecia a “turborrenovadores” y jóvenes no tan jóvenes que limitan la participación de la militancia convocando asambleas en el partido cada año y medio.  

Seré sincera. Me cuesta confiar en este “nuevo” cambio. Son muchos años de partido. Escuchando las mismas promesas. Oyendo cómo es necesaria la regeneración y la renovación de los líderes y lideresas y si ésta llega es para la perpetuación de los supuestos “nuevos”. Leyendo muchos programas electorales con buenas intenciones. Y un único resultado: el desapego galopante de la ciudadanía y un descontento generalizado de la militancia, cada vez más mermada. Esta situación se muestra más que patente en la ciudad de Cádiz. Ahora mismo el PSOE de Cádiz no es alternativa de gobierno, porque la ciudadanía ha dejado de confiar en la organización. A las últimas encuestas publicadas me remito. Sólo el 7,1% de los encuestados considera que el PSOE gobernará la ciudad en 2019 y en la que confirman al actual alcalde como líder indiscutible de la ciudad.

Así que ahora, con Pedro como secretario general, las formas en la dirección del partido en Cádiz tendrán que cambiar. Nuestra estrategia política en el Ayuntamiento de Cádiz tendrá que dar un giro de ciento ochenta grados. En primer lugar, para que la derecha no vuelva a gobernar nuestra ciudad. Y en segundo lugar, para que la ciudadanía no siga viendo al PSOE como ese partido que pone palos en las ruedas del actual gobierno municipal. Si no nos mostramos dispuestos a ayudar en la gestión diaria de la ciudad, en ayudar al equipo de gobierno en todo aquello en lo que se muestre incapaz, jamás retomaremos el pulso de la ciudad. Así que basta ya de exabruptos como los lanzados este fin de semana.

Pocos militantes –sólo los más allegados al portavoz socialista- comprenden y comparten la estrategia que marca la actual dirección política del PSOE de Cádiz. Y muchos coinciden en que así es imposible seguir. Porque para parte de la ciudad, es injustificable mantener un gobierno que en palabras del propio portavoz socialista “no tiene modelo de ciudad” y “está solo para calentar el sillón”. Y para la otra parte de la ciudad no tiene sentido alguno mantener el “no” a los presupuestos, el “no” a la remunicipalización, el “no” al espacio para la ciudadanía frente a las terrazas en la hostelería, y así un largo etcétera, para luego pegar el vaivén como en el caso de la remunicipalización.

Con el PSOE de Pedro y su giro a la izquierda, está claro que se ha de mantener a Podemos en el gobierno municipal y nadie podrá pensar en una moción de censura en el Ayuntamiento de Cádiz. Así que dos opciones se presentan a la vista: o cambiamos la estrategia de oposición por una estrategia de gobierno –o al menos de ayuda al alcalde y sus concejales o concejalas- o cambiamos de líder en el PSOE de Cádiz. Me decanto por la primera opción, por el tiempo invertido y porque a estas alturas de la “película”, no vamos a premiar con un destino privilegiado a quien ha llevado al partido socialista de Cádiz a los peores resultados electorales de su historia y sin previsión de mejoría. Pedro decidirá.

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