Baila para mí. Y gratis

Rocio sepulveda

Fotografía: Jesús Massó

Parece ser, por lo visto, que la cultura ancestral y provinciana de considerar el trabajo creativo ajeno como algo gratuito y del que los demás pueden disponer sin pagar ni preguntar,  nunca pasa de moda.

Y esto es porque todos, alguna vez, hemos comenzado dándonos a conocer, colaborando y haciéndonos visibles a través del trabajo sin remunerar;  todos hemos caído en la trampa del: “esto te sirve para hacerte publicidad”, todos. Pero a la vista está que los inicios artísticos nunca tienen final porque hay quien todavía piensa que haciéndote publicidad vas a pagar el alquiler del piso y la factura del gas.

Porque parece ser, por lo visto, que la pintura, la música, la fotografía, la danza, el teatro, el diseño, la narrativa y el audiovisual son disciplinas que cuesta considerar un trabajo profesional, porque es que eso también lo hace mi cuñado y yo conozco a uno en mi pueblo que también graba vídeos, hace teatro y una vez quedó finalista en el concurso de carteles de las fiestas del tocino.

Qué insensato y qué atrevido aquel que, sin querer, minusvalora la creatividad porque en su vil torpeza no acierta más allá de considerarlo un hobbie.

¿Hobby? Un hobby es enfundarse unos leggins del Decathlon e irse a menear el mondongo por Los Toruños. El trabajo creativo, perdona que te diga, NO ES UN HOBBY; el trabajo creativo requiere esfuerzo, tiempo y mucha, mucha dedicación.

Ya está bien de desmerecer las disciplinas artísticas y considerarlas menos trabajo que el poner un café o el sacar una muela. ¿Y por qué pasa esto? Porque es evidente que si voy a una cafetería o a un dentista, tengo que pagar por el servicio que me ofrecen, se produce un intercambio de un producto físico que, evidentemente, tiene un precio; pero el trabajo creativo parece que no es palpable, parece que recitar un texto, grabar un vídeo o hacer una canción no es un producto, produciéndose el pensamiento (casi) general de que lo hacemos porque nos gusta y por ende tenemos que hacerlo gratis.

El cambio, desde luego, comienza en nosotros mismos, porque como dice Machado: “ Todo necio confunde valor y precio”; así que empiecen los demás a darle valor a nuestro trabajo creativo que ya nosotros, si eso, nos encargamos del precio.

Ibumeofendo 1g

Rocio sepulveda

Ilustración: pedripol

Los expertos dicen que el que se ofende no es víctima de nada más que de sí mismo y de las interpretaciones que hace de las opiniones y comentarios de los demás; especialmente si no van dirigidos directamente a ellos con nombres y apellidos. ¿Para qué sentirte ofendido entonces pudiendo ser feliz comiendo chicharrones con picos? Vivir indignado enarbolando banderas y cruzadas del chichinabo es la enfermedad del Siglo XXI.

¿Quieres aprender a superarlo?

Te presentamos IBUMEOFENDO  1 g, un medicamento que te ayudará a reducir la inflamación y el dolor producido por los comentarios y opiniones ajenas que tanto, tantísimo, te hacen sufrir cada vez que navegas por Internet.

Prospecto: información para el usuario

IBUMEOFENDO 1g

Comprimidos recubiertos por película EFG (aunque nos gustó más el libro)

 

1. QUÉ ES IBUMEOFENDO 1G Y PARA QUÉ SE USA

 

Ibumeofendo pertenece al grupo de medicamentos llamados antiinflamatorios que ayudan a reducir los niveles de ansiedad y la hinchazón de testículos y ovarios producidos por mesientofendiditis aguda.

Este medicamento está indicado para el tratamiento del dolor de intensidad leve o moderado, la mala leche momentánea y la diarrea mental producidos por opiniones, ideas y comentarios ajenos en redes sociales.

2. ANTES DE TOMAR IBUMEOFENDO 1G

No lo tome si:

TENGA ESPECIAL CUIDADO CON IBUMEOFENDO 1G

Informe a su médico si

Toma de Ibumeofendo 1g con los alimentos y bebidas:

Puede tomarlo solo o con alimentos . Se aconseja que acompañe la ingesta con líquido, a menos que se tenga el buche de un palomo porque entonces el comprimido, el coraje y los enfados pasan solos.

3. CÓMO TOMAR IBUMEOFENDO 1G

El comprimido, como todo en la vida, se lo tiene que tomar con calma. Es importante que utilice la dosis más pequeña que alivie/controle su nivel de ansiedad y de enfado, Nunca más del tiempo necesario para controlar su mesientofendiditis.

4. INFORMACIÓN ADICIONAL

Para más información consulte a su farmacéutico o desconecte el cable de Internet, pisha, que es la opción más correcta.

Sole(dad)

Rocio sepulveda

Fotografía: Jesús Massó

Mi vecina Sole tiene 83 años (75 según ella), dice que nació en la misma ciudad, la misma calle y el mismo cochino y marrano pisito (según ella) en el que todavía sigue viviendo. Un primer piso lleno de humedades, con una escalera estrecha e incómoda  y más antiguo que decirle fea a Teófila. Poca cosa tratándose de una céntrica finca de Cádiz.

Hasta aquí todo bien. La historia de Sole podría contarse como la típica tragedia amarillista de ancianita desatendida, desamparada y sin familiares que se hagan cargo. Digo que podría ser, si no fuera porque Sole hace años que decidió  vivir como a ella le diera o diese la reverendísima gana; sin perrito ni mosca cojonera que le ladre (según ella).

No sabía yo que las moscas ladraban, fitetú que cosas.

Sole asienta las bases de su cuerpo sobre un bastón reluciente que más de una vez le ha servido como arma arrojadiza.

–La vida me ha obligado a usar un bastón pero no por la maldita cadera, sino para defenderme de tantísimo gilipollas.

Sole no se corta un pelo; rezuma sabiduría y mala leche por los cuatro costados. Le gusta recoger su pelo plateado en un altísimo moño imposible, que enfosca en laca y horquillas. El moño le va y le viene, como el carácter y como el viento gaditano.

Sole dice que no hay quien me aguante cuando me quiero poner fina y letrada.

Tiene razón.

A lo que iba.

A sus 83 años (75 según ella) Sole dice que la vida la ha vivido coronada con el adjetivo que su propio nombre indica: Soledad. A ella no le tiembla el pulso a la hora de rebuznar bien fuerte que la dejemos todos en paz, que no quiere que nadie esté pendiente de ella porque es un ser independiente y que el que quiera cuidar de algo, que se compre un Nenuco.

No sabía yo que los Nenucos podían tener tan mala leche, fitetú que cosas.

Sole no se preocupa por nadie y nadie se preocupa por Sole. Es una toma-daca emocional. Una elección de vida como otra cualquiera, que ella pregona a los cuatro vientos orgullosa y decidida.

–Novios los tuve de todos los colores pero ninguno me gustaba, en cuanto empezaban a encariñarse demasiado y me veía yo aguantando pedos y lavando calzoncillos, los mandaba al mismísimo caraj…

A Sole le gusta regalarte retales de su vida mientras enlaza un cigarrillo tras otro asomada al balcón, a ella le importa un reverendo mojón (según ella) que tú tengas prisa o que te duela el cuello de mirar hacia arriba desde la calle, porque Sole siempre tiene algo nuevo que decirte y sobre todo que encargarte. Es una especie de Rapunzel con el carácter de un Chihuahua.

–Niña ve a la farmacia y tráeme todo lo que tengo en la tarjeta…y tabaco, tráeme tabaco…¿que lo deje?…¿acaso te digo yo a ti que dejes de ser imbécil?…pues ya está…Marlboro, dos paquetes..y si vas a la Plaza tráeme un cuarto de boquerones… y no, no tengo invitados, no te hagas la graciosa…solo quiero un cuarto porque es para mí y para mi coñ…

Sole tiene la lengua muy larga y la vergüenza muy corta, gusta de hacer sonoros y rotundos cortes de mangas porque dice nosequé historia de que simbolizan la señal de la Santa Cruz. Que digo yo que podría llegar a creérmelo si no fuera porque siempre lo acompaña de una peineta y una palabra mal sonante.

–Yo no me casé porque no quise, no tuve hijos porque no quise…todo el mundo me dice que hay que ver lo solita que me he quedado, como si la soledad fuese algo malo…

¿Que por qué cuento todo esto? Pues porque Sole es una brava que con sus 83 años (75 según ella) vive como ella siempre ha querido, sin dependencia emocional ni física, eligiendo por ella y para ella dónde y cómo quiere vivir.

Bravo por la brava.

No sabía yo que Sole venía de Soledad, fitetú que cosas.

El hater

Alameda pulpo

Ilustración: María Gómez

Con el apogeo de la era digital, se ha generado un nuevo espécimen abundante y nauseabundo que habita en los foros y redes sociales desempeñando el papel de Rey Midas de la mierda y que pulula a sus anchas, libre y suelto como gabete: El hater.

Esta horda de críticos sabiondos opina sobre cualquier cosa con marcado acento incendiario y con la única finalidad de encender hogueras con sus comentarios hostiles y poniendo de manifiesto un sentimiento de superioridad intelectual y moral que ríete tú de lo que sentiría la Lomana en un mercadillo.

       – Vamos, lo que viene siendo un porculero, de toda la vida.

La  diferencia entre el porculero y el hater es que al primero, por norma general, lo ves venir y sabes que, digas lo que digas, va a saltar llevándote la contraria como si le fuera  la vida en ello. El porculero  suelta su opinión en la barra del bar e intenta arreglar el mundo vociferando su sapiencia y su verdad absoluta con bajíos cerveceros y regusto a aceitunas verdiales.

El hater es un porculero 2.0, está más avanzado porque proviene de la era digital. Es una especie de Ninja virtual que aparece de imprevisto para aleccionarte y para que cambies tu actitud torpe e ignorante y adoptes su punto de vista lleno de sapiencia infinita. Porque tú eres idiota.

– Y ¿cómo es que aparecen de imprevisto? ¿en plan hago Chas y aparezco a tu lado?

El buen hater se agazapa tras la conexión wifi dispuesto a cuestionar y ningunear cualquier trabajo ajeno, normalmente amparado en el anonimato. Su única finalidad es la de llamar la atención y buscar reconocimiento a costa del intento de  humillación pública de la persona que haya escogido como objetivo de sus resabidas opiniones.

Los haters son una mancha de tolais de medio pelo entrenados en el hermoso arte del odiar y empecinados en criticar con más intensidad que el olor de las tiendas Stradivarius.

El hater se oculta tras un teclado Qwerty regado de mijitas de patatas fritas y de perdigones llenos de odio, producto de rebuznar en voz alta críticas negativas y acompañando sus pensamientos destructivos con el movimiento de unos dedos poseídos por el ritmo ragatanga, preparados-listos-ya para teclear las críticas más dolientes. Leer la diarrea mental de un hater provoca un empacho tan desmesurado que solo es comparable al que puede sentir una cabra hasta las cejas de tomillo.

       – Y ¿qué gana un hater con todos estos comentarios destructivos?¿un aura color marrón caca ?

El hater no gana nada pero se siente dichoso con el hundimiento ajeno. No como Kate Winslet en Titanic, que aunque la muchacha no se esforzó mucho en compartir espacio en su maderita con Di Caprio, sí que es verdad que al menos se quedó con remordimiento. Un hater no, un hater ni siente ni padece compasión. Un buen hater no solo empujaría a Di Caprio hincándole el codo en  el lomo para acelerar su hundimiento, sino que encima le recriminaría por su peinado y por ser tan imbécil de no llevar al Titanic unos manguitos.

       – Uy, pues yo a los haters (en plural, con -s de siesos) les temo, la verdad.

No hay que temerles, todo lo contrario. Piensa que si hay porculería, hay alegría.

El hater es una figura necesaria en las redes sociales porque son un indicador de que lo que estamos haciendo se extiende y llega a mayor número de público . Ya se sabe aquello de “Ladran, luego cabalgamos”. Eso sí, con las críticas destructivas y con la mala leche de los haters hay que hacer como con las bolsitas de la humedad que traen las cajas de zapatos:  tirarlas directamente a la basura porque no sirven “paná”.

Así que, si ves un hater revoloteando sobre tus trabajos expuestos en redes sociales, siéntete agradecida –y emocionada al más puro estilo Lina Morgan- y ábrele tu puerta virtual para que  husmee a sus anchas. Piensa que el pobre hater es un ser desgraciado que no tiene nada mejor que hacer que ejercer de porculero 2.0, dejémosle que se luzca.

Hay que ver lo que un orgasmo y un cuenquecito de All- Bran diario haría por estas personas, oye.

Bienvenido hater.

Welcome hater.

Quillo hater, esta es tu casa.

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