El corro de la patata perverso y machista

V perondi
Imagen: Pedripol

Es tanta la culpa que sólo contarlo aprovechando esta ola de confesiones me parece oportunista, cobarde, egocéntrico… Tan superficial como un selfie en instragram, tan políticamente correcto como un hashtag #todosomos y ahí sigo castigándome a mí misma, debatiéndome en si es necesario decir a los cuatro vientos algo tan antiguo y tan insignificante ante golpes que son de verdad y dejan moratones, penetraciones que desgarran no sólo músculos o insultos que hieren como cuchillos.

Algo que se quedó congelado en mi memoria hace 26 años como si nunca hubiera pasado pero que no, que nunca se olvida. En aquel momento, la vergüenza me impidió decir toda la verdad. En estos momentos, la duda todavía hace mella en mí. ¿Es necesario? La secuencia no es completa, me faltan datos y de sus caras, solo recuerdo una. Debía ser verano, por la ropa que llevaba y lo tarde que subí a casa. En los túneles de mi barriada, aquella tarde, jugábamos mis primas y yo. De las tres hermanas, vinieron la mediana –de mi edad- y la pequeña –ocho menos que nosotras-. 13 y 5 años. Normalmente, era su barriada el escenario de nuestros juegos. Una enfrente de la otra. Yo siempre me sentí más de la suya que de la mía, la verdad, pero aquella tarde, la pasamos allí. Nos conocíamos todos: los de un lado y los del otro. Sin embargo, aquel grupo de niños no era de ninguna de los dos.

Se acercaron a nosotras y empezaron a intimidarnos, a amenazarnos y se fueron para la pequeña. Ahí, vuelven recuerdos clarísimos. “A la niña ni tocarla”, dije, como si yo fuera una mujer. “Pues entonces contigo”. Vacío en mi memoria y vuelve otra vez el flash. Rodeada por ellos, me quedé en medio de un corro de terror. Un círculo de cuatro o cinco niños con uno -ese del que no se me olvida su cara- que llevaba un palo y me decía cosas, mientras que los demás me tocaban el culo, los incipientes pechos y todos se reían. De ahí, al recuerdo de mi casa, a la cara desencajada y al mi madre qué te pasa. Y no poder contarle ni la mitad de lo que ocurrió de la vergüenza que sentía. “No pasa nada, tonta” sin ella saber qué había pasado de verdad. También, el “¿ahora te vas a duchar?”. Y el agua hirviendo y yo frotándome cada palmo de piel. Eso no lo recuerdo, eso lo siento ahora mismo.

Y volví a sonreír. Seguí sufriendo machismos y agresiones sin percibirlas, aceptándolas como algo normal y jugándome la vida cuando fui más mayor y actué como una mujer libre y con consciencia. Y como yo, cientos, miles de mujeres en todo el mundo a las que nos han hecho creer que vivimos en igualdad y que somos unas histéricas snobs por contar cuando unos niñatos te acorralaron y te tocaron mientras te amenazaban con un palo; cuando actrices consagradas cuentan cómo fueron violadas; cuando un novio te pidió que no trabajaras porque su madre antes no lo hizo; cuando otro desgraciado robó su primera vez a una amiga y la violó sin ella advertirlo hasta años después, cuando un jefe te puteó y te hizo cargar con los equipos más pesados como me contaba otra o cómo muchas mujeres son degradadas en el trabajo por haber sido madres.

Son los machismos de mi vida, micros y macro; los de la mía y los de muchas. A las que nos han dicho que somos libres e iguales, aunque en este país se viole a una mujer cada ocho horas o hayan asesinado a 824 mujeres desde que existe una Ley de Violencia de Género. Y luego están las otras, las que viven en países donde las mujeres no son ni oficial ni oficiosamente ni libres ni iguales. Ahí se me pone la piel de gallina. Ahí es donde te das cuenta cuánto queda por hacer. Y  te acuerdas de tu estúpido corro de la patata perverso y machista y de esa manada de niños que 26 años después sigue reproduciéndose y presentándose ante la sociedad como “buenos hijos”.

¡Calla y no te señales!

V perondi

Ilustración: Pedripol

En el colegio católico en el que estudié, el librepensamiento se hacía hueco entre la religión y era precisamente un sacerdote –muy querido por todos- el que impartía Filosofía. Con él repasamos a todos los grandes pensadores clásicos aunque, eso sí, Tomás de Aquino tenía que llevar el Santo por delante. Allí estudié historia con uno de esos profesores que te dejan huella así pasen treinta años. No pasamos, creo recordar, de la Restauración Borbónica con Alfonso XII y como ha ocurrido en muchas generaciones de estudiantes, esta última etapa de nuestra historia reciente del siglo XX (mucho más cercana en los años 90), ni siquiera se trataba. Pero él fue dando pistas –o al menos así las he interpretado después- de todo lo que me he ido encontrando a lo largo de mi vida y en la búsqueda del conocimiento de ese convulso siglo XX de nuestro país.

Decía él que en España siempre hemos tenido muy malos políticos desde el siglo XVIII y nos hablaba de que los mejores hispanistas estaban fuera de nuestro país. Con él conocí a Ian Gibson y al Gerald Brenan de Al Sur de Granada, un libro que debo tener aún en casa y del que Fernando Colomo hizo una película. Nunca hablamos de la Guerra Civil, del Alzamiento, del Golpe de Estado ni de la Segunda República pero ahí nos había dejado al autor de El laberinto español, una obra que recupero en unos tiempos como los de hoy. Tiempos que evidencian los estigmas que venimos arrastrando, las taras de nuestra perfecta democracia, las veces que caemos en los mismos errores y cómo hacemos para que todo se perpetúe porque, precisamente, no hacemos política.

Decía Brenan que “No es pues de extrañar que la mayoría de los españoles —en los distritos campesinos, la inmensa mayoría— prefiriese mantenerse al margen de toda política. Valía más aguantar agravios e injusticias, cualesquiera que fuesen, que no arriesgarse a lo peor protestando, ya que los tribunales de justicia no aseguraban la más mínima protección. La separación de poderes es cosa que jamás ha existido en España y los magistrados eran simples empleados del gobierno que recibían órdenes de arriba. Condenaban y absolvían a quien el gobernador civil les ordenase condenar o absolver. Y todavía era peor en los pueblos, donde los jueces estaban a las órdenes directas del alcalde y del cacique que lo había nombrado. Aun en casos de gravedad, que rebasaban su jurisdicción, intervenían ellos, haciendo desaparecer pruebas, corrompiendo testigos y cosas por el estilo, hasta obtener el resultado que se deseaba. Solamente un pueblo tan paciente y fatalista como el español puede haber aguantado siglos y siglos tales condiciones de vida, desamparado de la justicia más elemental”. Lo escribía en 1943 y se refería a la Restauración…¿nos suena?

“Se estimaba generalmente que el fraude fiscal por la propiedad en toda España ascendía del 50 al 80 por ciento del total. Pero la gente pobre no se beneficiaba nada con ello; al contrario, tenía que pagar más aún”…. “La desconfianza de la opinión pública española respecto a los poderes constituidos se había hecho endémica. El viejo sentido de unidad bajo el rey y la Iglesia de los felices tiempos pasados, había pasado dejando en su estela una nube de oscuras sospechas. Era pues condición esencial la exclusión de este factor peligroso e imprevisible: la opinión pública. De manera cada vez más frecuente, el gobierno tenía que recurrir a la policía junto con bandas de matones para mantener a distancia a los votantes hostiles”.

Impresionante la actualidad de Brenan. Pero más allá de Cataluña, que permea –antes y ahora- todo, lo que me preocupa de lo que está ocurriendo en nuestro país últimamente es la calidad de nuestra democracia, y viendo las medidas del Gobierno central y la actitud de muchos ciudadanos creo firmemente que esta democracia joven, moderna y estable tiene demasiadas fugas.

No creo en el independentismo y sí en el internacionalismo pero entiendo la sensación de pueblo. ¡No sé por qué nos asombra tanto, viviendo en esta provincia de reinos de taifas! No coincido en llamar a los Jordis presos políticos. Creo que se desvirtúa lo que ha significado en nuestro país ese concepto con Marcos Ana, como exponente. Tampoco creo en la legitimidad de la consulta del 1-O en Cataluña pero sí tengo claro que aquello fue una expresión de la voluntad popular por querer expresarse. Una mayoría suficiente a la que nuestra democracia tenía que haber dado respuesta de otra manera. No con porras y violencia.

Y eso me hace cuestionarme la calidad de nuestro sistema democrático y cómo el sistema pretende que continuemos sin hacer política, sin que la sociedad civil, diga, plantee, eleve la voz. Que la democracia se reduzca a una votación cada cuatro años. Y todo esto tiene que ver con esa nefasta tradición que nos persigue y que se ha hecho endémica con el franquismo y la dictadura. Decía Brenan que España necesitaría al menos 50 años para recuperarse de la Guerra Civil. Han pasado 81 años y las heridas aún supuran porque nunca se cerraron y, sobre todo, porque sigue existiendo ese franquismo sociológico que lo impregna todo de manera impune.

Cuando en un país se ha matado por pensar de una manera, cuando se ha encarcelado de la noche a la mañana como meros delincuentes a personas respetables acusadas de ‘rebelión’ cuando su ‘delito’ era ser concejal republicano, sindicalista o maestro y, sobre todo, maestra, la aprensión a elevar la voz, a plantear alternativas, a hacer política existe y persiste. En la actualidad en forma de apatía porque de lo que se trata es de despolitizar a la sociedad: que la hagan otros. Por eso, durante toda mi vida he escuchado la frase de “¡calla y no te señales!”, “mejor no te metas en eso”. Lo decía en voz alta una de las protagonistas de nuestro documental ‘Las víctimas sin llanto’ y a mí misma me la han aplicado o me lo siguen recomendando.

Y así estamos. Que una de las crisis más importantes –que no la única ni la mayor- de nuestra democracia, está siendo resuelta con porras y con el artículo del 155. No hablo de Cataluña, sino de la capacidad de reacción y respuesta de nuestra democracia. Con la ley, dirán muchos. Esa que se cambia a pesar de ser sacrosanta, no obstante. Sin política, diría yo. Y era la hora de hacer eso.

Localismos catetoides

Vanessa perondi

Fotografía: Jose Montero

A estas alturas de mi vida ya no sé ni de dónde soy ni por qué no me siento de ningún sitio en concreto. A veces echo de menos tener unas raíces más arraigadas, experimentar esa sensación de tierra, de pertenencia a una comunidad, de recuerdos comunes pero no saben qué gusto es poder amar libremente sin cortapisa localista alguna.

Si mido el tiempo, soy isleña de La Isla de León, porque la mayoría de los años de mi vida los he vivido en esta ciudad que, tan plegada en sí misma, uno nunca termina de conocer. Mis recuerdos de adolescentes –en el Cine Almirante, la plaza del Rey o en la Feria- y mis primeros pasos laborales se sitúan en San Fernando que siempre ha mirado con recelo a Cádiz. Allí donde nací. Y no porque en La Isla no pudieran nacer niños sino porque nací mirando a La Caleta desde el Hospital de Mora. Mis recuerdos de la infancia me sitúan en la plaza de  Candelaria correteando y comiendo una tapita de pavía todos los domingos; en la plaza España llena de palomas; en el parque Genovés viendo los monos; por el Balón descubriendo el patio de vecinos de mis antepasados; en San Severiano visitando a los antiguos familiares de mi madre y en casa de mis abuelos en la calle Tanguillos. En carnavales pero también en Semana Santa viendo todos los lunes El Nazareno del Amor, la Palma –quién se resiste- y Veracruz; alucinando con la madrugá de Cádiz que conocí por primera vez con doce años y que terminaba siempre con el gusto de comprar El Diario aún caliente en San Juan de Dios.

Mis vivencias de ocio también han tenido como escenario El Pópulo, la Plaza Mina y hasta la Punta y mi vida profesional –mi media vida- sí que me agarran a esta ciudad trimilenaria gracias a sus gentes, a sus problemas y a sus alegrías. Pero nunca se me ocurriría decir que soy gaditana: no tengo el caché, me falta gaditanismo y, encima, me fascina Jerez. Bicho, bicho, que aún dirán algunos. Pero allí también están mis orígenes, en la calle Reventón de Quintos, en la antigua Cuesta del Palenque, donde vivió mi padre y donde viví yo una temporada de mi vida profesional.

Me admira la capacidad de trabajo de la gente de Chiclana, adonde íbamos todos los veranos al campo y luego de joven a la Barrosa. Descubrí Puerto Real ya mayor cuando volví a estudiar, y su alejado campus universitario, me acercó al pueblo y me hizo relacionarme con sus gentes.

Y este recorrido vital no hace más que confirmarme mis apegos a tantos sitios y que, a pesar de los pocos kilómetros que separan a unos municipios de otros, los localismos los alejan latitudes. Unos localismos que el poder político ha utilizado como arma arrojadiza, que ha exagerado para utilizarlos como valor de su gestión y que los ha fomentado teniendo una visión cortoplacista del futuro de nuestra tierra: aún recuerdo la llegada de una cadena internacional de muebles que abrió la veda para que cada municipio, cada ayuntamiento y cada pueblo sacara lo peor de sí mismo con el objetivo de quedarse con la gallina de los huevos de oro. Es comprensible, por otro lado, por la situación económica que nos persigue pero evidencia una vez más que nuestra clase política sólo ha buscado soluciones locales –para los suyos- sin tener una visión de conjunto que haga más atractiva a esta tierra.

Tampoco me gusta la uniformidad y sí el respeto a la diferencia por eso creo que nosotros siempre seremos diferentes. Recuerdo que cuando estudié y viví en Sevilla si preguntabas a alguien de dónde era siempre te diría de Sevilla, aunque fuera de Osuna, Dos Hermanas, Fuentes de Andalucía o Lebrija. Con los gaditanos, no pasaba eso: uno era de El Puerto, de Cádiz, de Jerez, de Barbate, de Algeciras o de Villamartín, en Cádiz pero de Villamartín. Y esas particularidades, esa riqueza, esas playas infinitas, esos parques naturales tan distintos entre sí  -el de Bahía, el de la Breña o el de los Alcornocales-, ese patrimonio –civil y militar, como en mi ciudad-, esa serranía, esas viñas, esos pueblos blancos, esa vía verde o ese balcón al Estrecho son de todos y son nuestros mejores avales como provincia.

Cuando uno se pregunta cómo una provincia como ésta tiene esos niveles de paro o de exclusión se da cuenta de que los localismos catetoides y esa falta de cohesión social por falta de infraestructuras integradoras tienen mucha culpa de ello. Y sólo podemos cambiarlo nosotros, exigiendo políticas inteligentes e inclusivas y haciendo nosotros mismos provincia. Yo por mi parte ya me tengo apuntado como próximo destino Torre Alháquime, aunque tarde más que a Sevilla o a Manilva.

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