Me encanta ser mujer

P andres
Fotografía: Jesús Massó

Me encanta ser mujer en un mundo donde el hombre se creé mejor.

El corazón a mil, los sueños siempre floreciendo y yo mujer.

Mujer por casualidad pero gracias a la vida, con el miedo en una mano y con toda mi fuerza en la otra, levantándola con coraje hacia el infinito y gritando ¡¡yo amo, yo vivo, yo siento, yo sueño, yo puedo!!

Tuve una infancia llena de tú no juegas porqué eres niña, tú al equipo de las niñas, has ganado porque yo te dejé ganar, eres una machorra todo el día entre los niños e infinidad de coletillas de ese tipo.

El tiempo me regaló un par de alas y alcé un vuelo libre, para que no se me durmiera la voz, para que no se me secaran los sueños y no se me amargaran los momentos. Aprendí a respirar, a tomar del aire la libertad que a él le sobra, del sol tomé el calor para mis noches a solas, del mar el frío para que no me tiemble el pulso cada vez que me toque defenderme, cada vez que nos toque defendernos.

La ansiosa maternidad me llamó temprano y di vida a otras mujeres a las que ahora llevo de la mano por esta vida confusa, las enseño a caminar descalzas por este mundo que arde contra nosotras, van pasito a pasito detrás de mí mientras yo, cual safir, intento queden asombradas y observen a la vez que todo el poder está en confiar en una misma para no quemarse en el intento. Las enseño a correr en contra de un minutero soldado al reloj de la desigualdad, aquel que permanece siempre atrasado, ese al que le chirrían las agujas. No quiero que tengan que quedarse sin querer quedarse, no quiero que beban sin sed ni que sean lo que otros quieran ver. Lucho para que puedan decidir qué quieren ser y qué serán. Que puedan ser la complicidad de una hermana, el cobijo de una amiga, los consejos de una tía, que puedan ser los susurros de una pareja o, si así lo deciden, el amor incondicional de una madre; que puedan ser tierra -la mujer y la tierra están unidas por el hermoso hilo de la vida- que puedan ser siempre auténticas, de las que huelen a playa y suenan a tarde de lluvia, de las que lloran cuando duele y se secan las lágrimas con la manga para volverse a levantar lo mas rápido posible, que puedan ser simplemente personas a las que nadie juzgue por el color del que pinten sus vidas. Que puedan levantantarse, mirar al compañero y pensar: no eres mejor que yo y lo más importante es que tú lo sabes.

Mi parque, nuestro parque: el parque

A moran
Fotografía: Jesús Machuca

La verja verde de entrada resultaba imponente, parecía de otro tiempo, evocaba a ese siglo XVIII que la vio nacer. Allí estaba en uno de los lugares más hermosos de Cádiz, el Parque Genovés, ese jardín botánico que debe su nombre al jardinero valenciano que remodeló el por entonces llamado Paseo de las Delicias.

Esa puerta de entrada estaba flanqueada por dos puestecillos ambulantes, el de José y el de Alfonso, donde los chiquillos comprábamos chucherías ansiosos por disfrutar de una mañana o una tarde en su recinto.

Dentro nos esperaba un camino de tierra amarilla adornado por cipreses podados con diferentes formas, entre los que se encontraban las fuentes de piedra sobre el césped. En sus bancos se sentaban madres y abuelas con sus niños al sol, señores con transistor para escuchar el partido de fútbol, con el gigantesco Diario de Cádiz de la época o gente que leía cerca del monumento de mármol en forma de biblioteca llena de libros que desaparecerían con el tiempo.

Al final del paseo estaba el bar, con sus camareros ataviados de blanco, y sus mesas dispuestas en ángulo, justo al lado de la entrada lateral; y, al fondo, corríamos hasta llegar a los columpios por el umbrío camino de árboles que alojaban camadas de gatitos. Allí teníamos todo lo que un niño en esos años, deseaba para disfrutar, un castillo gigante de colores, balancines, una corona para escalar, un tobogán y un drago  vigilándonos.

Los más pequeños optaban por otro camino, a la derecha del bar giraban y corrían para ver los patos en la cascada coronada por un puente desde el que divisabas el inmenso mar de mi tierra. Antes de llegar a la cascada, estaba la jaula grande de palomas y pavos reales, justo detrás de la pequeña placita de Santa Rosa de Lima, patrona de los jardineros. Muchas veces, los pavos reales solían caminar entre los paseantes luciendo orgullosos sus maravillosas plumas, y, de repente oíamos  los gritos emitidos por los monos hambrientos que permanecieron encarcelados en jaulas durante años. Justo a su lado estaba la biblioteca infantil, donde tantas horas disfruté de la lectura, y encontré por primera vez una biografía de mi adorada Marie Curie. A la salida, estaba la señora con su platito para la propina si usabas el servicio.

He pasado muchas tardes jugando en ese parque, El Parque para los gaditanos, porque no había en la ciudad ninguno como él. He corrido y saltado en los columpios, he dado de comer a los patos, me he emocionado cada vez que me acercaba a la fuente de los niños llorones,  me he sentido triste por contemplar cómo se divertían al ver a los monos encerrados, me he muerto de miedo cuando tenía que pasar cerca del margen derecho de la entrada principal, ese sitio oscuro me desasosegaba, he subido al escenario abandonado de lo que un día fue el Cortijo de los Rosales para sentirme cantante por un momento, he seguido a Jesús Caído atravesar el parque para llegar a su templo, he disfrutado viendo salir a las cabalgatas y he notado una y mil veces el olor a humedad, orines o zotal del interior de la gruta de la cascada, otro lugar que me provocaba terror.

Las mañanas de domingo, el parque parecía una feria, todas las familias con niños acudían a ese mágico lugar y la visita acababa con el fantita en el bar.

He dejado gran parte de mi infancia y la de mi hija en tan bendito lugar, justo al lado de mi querido barrio del Mentidero. He vivido muchas noches bajo el cielo estrellado en su teatro de verano, cuya estructura metálica se atribuye a Eiffel (luego trasladada al Mercado de la Merced, hoy Centro de Arte Flamenco).

Mi parque, nuestro parque, ese lugar común para los gaditanos, ya no es el mismo, y mucho me temo que jamás lo será.

Ya no hay domingos de peregrinación infantil, ya no nos detenemos a los pies de Félix Rodríguez de la Fuente, ya ni siquiera los columpios son los mismos bajo la balconada del Hotel Atlántico.

El parque languidece con sus plantas y flores exóticas que adolecen de los cuidados de antaño. Sus jardines y lugares emblemáticos no evocan la majestuosidad del pasado, su cascada se ha quedado aislada como un decorado de parque temático. Ya no está la biblioteca, afortunadamente no hay monos encerrados y el teatro es un esqueleto, un amasijo de hierros con ansias de nuevo recinto veraniego que nunca se terminó.

Todo el muro del lateral derecho ha desaparecido para dejar sitio a una construcción megalómana, mastodóntica y terrible en lo que un día fue el Paseo de Santa Bárbara. Ese horror a la vista desde tierra y desde el mar, ha costado una cifra de dinero escandalosa, procedente de Europa, y, que se podía haber empleado en algo positivo, consultando con las personas de la ciudad, pero nuestra opinión no ha importado y han destruido hermosos recuerdos de mi infancia, de nuestras infancias.

Afortunadamente, ni José, ni Alfonso ni la señora de los baños podrán verlo porque ellos se fueron con la esencia de aquel espacio único e irrepetible.

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